Historia
secreta de El Jardín de las Weismann*
Carlos Orlando Pardo
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Carlos Orlando Pardo |
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Jorge Eliécer Pardo, 1976 |
Tenía
el autor veintiséis años cuando a pedido del director de una revista
agropecuaria que se hacía en Ibagué, publicó un cuento titulado El Jardín de las Hartmann. Para
entonces, algunos de sus lectores, entre ellos Germán Santamaría y yo, encontrábamos
allí el germen de una novela cuya observación le transmitimos y que él, sin
decir nada, apenas dibujando preguntas con su mirada larga, conservó
silencioso. De allí en adelante pude verlo trabajando por semanas sin que se
atreviera a mostrar una sola línea, hasta que pocos meses después tenía el
pequeño mamotreto escrito en una vieja máquina portátil de caracteres
desalineados. Lo leímos en voz alta entendiendo sin muchas pretensiones que era
un libro inicial digno y que valdría la pena publicarse.
No era fácil, así se
tuviera un volumen de cuentos divulgado cinco años atrás que hiciera en mi
compañía bajo el título de Las Primeras
Palabras y se anexara el prontuario de haber sido ganador y finalista en
algunos premios nacionales. Acudimos a Germán Vargas Cantillo quien recibió con
entusiasmo el libro de cuentos y que independientemente de encarnar como
miembro del Grupo de la Cueva a uno de los amigos más cercanos a Gabriel García
Márquez, tenía un bien ganado prestigio como comentarista y una definida
influencia en las editoriales. Con él en Ibagué visitando la ciudad como jurado
de un concurso nacional de cuento, hacia 1975, habíamos comenzado una amistad
que duró hasta su muerte y no fue poco lo aprendido de sus experiencias y
lecturas. Después de entregarle los originales de El Jardín de las Hartmann, durante largos días esperamos ansiosos
una señal, hasta que una tarde nos llegó una de sus pequeñas y bien escritas
notas donde contaba su recomendación a la editorial española Plaza y Janés
porque el libro lo había dejado con una grata impresión. Entre tanto, también
lo despachamos por correo a Fernando Soto Aparicio, quien igualmente le ofreció
su respaldo con la misma casa editora. El español Virgilio Cuesta, por entonces
gerente de la compañía, no dudó en publicarlo dentro de su selecta colección
Rotativa de autores colombianos. Con una ilustración del pintor Carlos Granada
apareció por vez primera el libro y para entonces lejos estábamos de imaginar
que la novela tendría a lo largo del tiempo sucesivas ediciones, tan variados y
positivos resultados entre consagrados críticos de varios lugares del mundo y
las traducciones de que ha sido objeto.
Las
reseñas al publicarse la novela no fueron pocas, pero tampoco las ventas porque
el libro desaparecía con inusitada rapidez. No le fue difícil al autor
comenzar a indagar qué tipo de lectores lo buscaban y la respuesta de los
encargados siempre fue la misma. Ante todo un señor de ojos azules, botas
amarillas, pasos largos y una mirada como desafiante. Confundiendo entonces la
realidad y la ficción, uno de los Hartmann, el mismo que compraba los libros,
llega a su oficina en Bogotá donde trabajaba al lado de Germán Guzmán Campos en
el Ministerio de Salud. Al señor Hartmann, de casi dos metros de estatura, no
era difícil adivinarle un bulto al lado de la correa porque siempre estuvimos
acostumbrados desde niños a saber cuándo un hombre estaba armado. Sin dejar que
la secretaria lo anunciara, de dos o tres zancadas estuvo al frente de su
escritorio de Jorge Eliécer preguntándole sin saludar si sabía quién era. No lo
sé, le dijo mientras el hombre votó su cédula sobre el escritorio diciendo que
era Hartmann. ¿Y? pues recoja ya su folleto de las librerías o usted puede
considerarse muerto. ¿Por qué? Porque usted denigra de mi familia, calumnia a
mi familia, dice mentiras de mi familia y eso no lo voy a permitir. Usted está
equivocado señor, ahí figuran son mis hermanas, está Gloria, está Sofía, está
María Victoria, en fin. ¿Y por qué no le puso al folleto el jardín de las
Pardo, hijueputa?
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Jorge Eliécer Pardo, Augusto Trujillo y Germán Guzmán Campos, atrás, Francisco Sánchez, 1979 |
El
libro siguió su marcha triunfal pero al autor no lo abandonaba el miedo, mucho
más cuando supo por las noticias del periódico local y algunas emisoras que se
preparaba un homenaje de desagravio a las Hartmann en el Líbano. Y se hizo con
una misa ofrecida por el padre Salazar, que bautizó a Jorge Eliécer y le dio la
hostia de la primera comunión. La homilía en honor a la familia fue extensa y
al final, el hombre de ojos azules y botas amarillas procedió en pleno parque a
quemar las novelas que había comprado en Bogotá.
Las
ediciones siguieron hasta que las llamadas amenazantes y repetidas lo
impulsaron a determinar cuanto antes el cambio del nombre. Una tarde de sábado
en medio del descanso y el ocio creativo, la mirada distraída sobre el
directorio telefónico de Bogotá le dio la idea recordando a Ernest Hemingway.
Empezó entonces la tarea de su lectura sin que el mamotreto lo agotara porque
estaba empeñado en tropezarse con un apellido alemán que no le diera tanta
brega. Muchas horas después los ojos se le iluminaron con el apellido Weismann.
La tentación de llamar no se hizo esperar y tras varios repiqueteos por fin
alguien respondió. ¿El señor Weismann? Disculpe usted, le contestó la voz
amable y cascada de una mujer mayor. El último de ellos murió hace tres años.
Soy el ama de llaves. Sin decir nada más y, colgando en medio de un gran
alivio, se dijo que ese sería el apellido de las Hartmann de ahí en adelante.
Carlos Orlando Pardo, nació en El Líbano,Tolima,1947. Es licenciado en
Español de la Universidad Pedagógica Nacional de la cual fue profesor y en 1995
la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla le entregó el doctorado Honoris
Causa. Fue codirector del programa cultural Hablemos de… que fuera transmitido
por Señal Colombia durante cuatro años y que hizo en compañía de los escritores
y periodistas Alberto Duque López y Germán Santamaría. Su trabajo ha sido
ampliamente comentado por importantes críticos, escritores y periodistas
culturales del país y el exterior.
Libros publicados: Las primeras
palabras, en coautoría con su hermano Jorge Eliécer; Los lugares
comunes; La muchacha
del violín; El invisible
país de los pigmeos y El último sueño;
Los sueños inútiles o Lolita Golondrinas; Cartas sobre
la mesa; La Puerta
abierta; Los últimos días
de Armero; Vida y obra
de Eduardo Santa; Vida y obra
de Eutiquio Leal; Adalberto
Carvajal, una vida y muchas luchas; El proceso
creador; Hazañas
tolimenses; Obra
literaria: 1972-1997; Protagonistas
del Tolima Siglo XX; Pintores del
Tolima Siglo XX; Novelistas
del Tolima Siglo XX; Poetas del
Tolima Siglo XX; Cuentistas
del Tolima Siglo XX; Músicos del
Tolima Siglo XX; Diccionario
de Autores Tolimenses; Ibagué: sus múltiples
rostros; Manual de
Historia del Tolima; Tolima
Total, enciclopedia multimedia.
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