lunes, 30 de julio de 2012

Fabio Martínez El Jardín de las Weismann o el infierno de la violencia



El jardín de las Weismann o el infierno de la violencia*
Fabio Martínez

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La Primavera
Fragmento de El Jardín de las Delicias
Hasta el siglo XVI, la historia mítica de la humanidad era representada a través de la metáfora del jardín o paraíso, que viene de la tradición judeo-cristiana. Esta metáfora, que aún perdura en nuestros nuestros días, fue utilizada por pintores como Durero y Botticelli en sus obras Vista del valle del Arco y La primavera respectivamente[1] para dejar plasmado un mundo ideal sin conflictos ni contradicciones.

A partir del siglo XVI, la metáfora del jardín se va a transformar comportando una connotación simbólica más humana. A partir de este momento, ella será topos y referente de la naturaleza; será representación mental y construcción de un imaginario y una memoria.

En el clásico tríptico El jardín de las delicias de Hyeronimus Bosch[2], vemos por primera vez que el paraíso ya no representa la Arcadia mítica y primigenia de la antigüedad, sino que, utilizando los símbolos propios de la cristiandad, el pintor flamenco representará la condición humana en todo lo que tiene de esplendor y decadencia. Esto es lo que el crítico estadounidense Harold Bloom ha denominado como la invención de lo humano[3].
Con sus máscaras de risa y llanto, de lascivia y dolor, El Bosco —como se le llama en España— introducirá en el paraíso la otra cara de la moneda: las delicias del infierno.
Si bien es cierto, el artista parte del mito cristiano de la Arcadia, su tríptico que aún nos sigue conmoviendo, no representa otra cosa que la condición humana.
A partir de El Bosco, los artistas y escritores utilizarán esta nueva significación del mito del edén para prefigurar un mundo más humano, y por lo tanto, más cruel y despiadado.
Shakespeare lo logró a través de la invención del fantasma de Hamlet, que desde ultratumba, continúa siendo la conciencia moral de la época. Cervantes lo conquistó cuando el Quijote desciende a la cueva de los Montesinos. Como afirma Bloom, en la novela de Cervantes, el Quijote es su propio demonio que cabalga no para salvar la España de Felipe III —de por sí insalvable— sino para salvarnos a nosotros. Para salvar a la humanidad[4].
En el siglo XVIII, el Marqués de Sade, al poner a la naturaleza por encima de la razón, anuncia las tribulaciones del hombre de los siglos que están por venir. En el siglo XIX, Dostoievski, al indagar en el alma del individuo, no sólo prevee el descubrimiento del inconsciente desarrollado más tarde por Sigmund Freud, sino que con su obra escrita en prisión, prefigura la conciencia perversa y transgresora del ser humano. En el siglo XX, el escritor mexicano Juan Rulfo, al narrar el periplo de un hijo en busca de su padre, lo introduce de lleno en el mundo de los muertos.
Shakespeare
Desde El Bosco, la metáfora del jardín no puede interpretarse sin su contraparte que es el infierno. Para poder sobrevivir, el edén necesita de su opositor antagónico que es el infierno. Y ambos funcionan como un mecanismo perfecto de diástole y sístole.
Para decirlo en otras palabras: en el arte y la literatura el lugar del jardín siempre estará unido intrínsecamente a su contrario, que es el infierno; es decir, estará ligado al mundo de las tinieblas.

El jardín entra en la novela corta

La novela corta viene de la tradición de los relatos medievales de Boccaccio y las Novelas ejemplares de Cervantes[5]. Este exquisito género ha perdurado hasta nuestros días gracias a que contiene un alto grado de perfección literaria que muchas veces no comporta la novela larga. Como su lenguaje y su universo literario son altamente concentrados, el nivel de rigurosidad en la novela corta es tan exigente, que se la puede comparar con la perfección que tiene una mariposa cuando bate sus alas.
Mientras una novela larga es un hipopótamo que se introduce de lleno en el campo literario, una novela corta es una libélula que se posa en el jardín.
Para diferenciarla del relato y el cuento, los franceses le llamaron “nouvelle”; los ingleses “long short history”; y los italianos, “novella” para separarla del “romanzo”[6].
La novela corta es precisa y no admite la digresión como sí lo hace la novela larga. Por su economía del lenguaje, la novela breve puede alcanzar un lenguaje poético que difícilmente se obtiene en una novela larga.
F Kafka
Franz Kafka, Albert Camus, Juan Rulfo, Ernesto Sábato y Thomas Bernhard[7] han sido los maestros contemporáneos de la novela corta.
Juan Rulfo
Pedro Gómez Valderrama
En el país, son muchos los escritores que han dedicado su pluma a este género. Recordemos algunos nombres que nos llegan a la memoria: Pedro Gómez Valderrama, Arturo Alape, Fanny Buitrago, Carlos Orlando Pardo, Benhur Sánchez, Octavio Escobar y, por supuesto, Jorge Eliécer Pardo cuyo Jardín de las Weismann[8] entra con toda su fuerza poética en la novela corta.

Del jardín de las Weismann al infierno de la violencia

En nuestra literatura, la metáfora del jardín no será vista como una alegoría propia de la Arcadia o el edén bíblico sino que estará ligada a una realidad histórica y geográfica.
José E. Rivera
Quizás, el único texto de nuestras letras que continúa en la tradición judeo-cristiana es el Diario de Colón, que nombró a estas tierras como el ‘paraíso terrestre’. Después del texto del almirante genovés, la literatura colombiana ha sido laica y ha estado profundamente ligada al devenir histórico del país. En el cuento A la diestra del Dios Padre de Tomás Carrasquilla, encontramos a la muerte trepada en la copa de un aguacatillo. En La Vorágine de José Eustasio Rivera vemos al personaje Arturo Cova extraviarse en aquel escenario de sangre y fuego, que fueron las caucherías del oriente colombiano. En Las puertas del infierno de José Luis Díaz Granados, el lector verá cómo el desarraigado de José Kristián se perderá en el laberinto de la noche bogotana.
A continuación, vamos a detenernos en El jardín de las Weismann de Jorge Eliécer Pardo, una novela corta, publicada hace treinta años, y que desde su primera edición por la editorial Plaza y Janés, se convirtió en una obra de referencia obligatoria.
Jorge Eliécer Pardo, 2012
¿Qué nos dice la novela treinta años después de su publicación?
Desde su título, El jardín de las Weismann nos introduce en la metáfora del paraíso. En el plano argumentativo, la novela narra la historia del desplazamiento de las hermanas Weismann, de origen alemán, que ante el asesinato de su padre en las calles de Berlín por parte de los nazis, deciden refugiarse en un país tropical de América del sur.
En la ópera prima de J. E. Pardo, la búsqueda del paraíso está sugerida desde el título de la obra y se convertirá en el eje de toda la narración novelesca. Ante un mundo ominoso como fue el período de los años cuarenta en la Alemania nazi, las hermanas Weismann buscan un mundo ideal para escapar a esa situación, y creen encontrar el paraíso en un país perdido de América latina. Por esto, apenas desembarcan, construyen la ‘Casa del amor y la ternura’ donde se mueve el placer y los amores perdidos. Pero poco a poco, a medida que estas solitarias mujeres, ávidas de afecto, comienzan a vivir y a apropiarse del nuevo territorio, van descubriendo, que detrás del paisaje tropical y exuberante que las seduce, se mueve un hilo negro e invisible: el paisaje ominoso y deletéreo de la violencia.
En medio de un encierro obligado por su situación de inmigrantes, ante los ojos de las Weismann se revelará la historia del alcalde del pueblo, que un día es tomado preso por las fuerzas del orden; la difícil situación de un cura rebelde que se convierte en una víctima del pueblo; la vida del niño Ramón, el amor de sus vidas, que otro día se convierte en guerrillero; los muertos que son lanzados al río o transportados por el aire en helicópteros; y la amenaza constante de grupos al margen de la ley que se esconden en las montañas.
En la novela de J. E. Pardo las metáforas del paraíso y el infierno funcionan a la perfección como un mecanismo de diástole y sístole. Las hermanas Weismann, que son católicas, huyen del infierno de la Alemania nazi buscando el paraíso; pero al llegar a éste, se encuentran con el infierno de la violencia colombiana de los años cincuenta.
La metáfora judeo-critiana del edén o paraíso es llevada en la novela de Pardo hasta las últimas consecuencias. Ante una situación de degradación humana como la que viven en su propio país, las hermanas Weismann buscan un mundo ideal; pero apenas llegan a este nuevo mundo, se encuentran con el espectro de la violencia y la guerra.
Jorge Eliécer Pardo, 2012
En la novela de J. E. Pardo la metáfora del paraíso ya no se refiere a una historia mítica e ideal del ser humano, sino que, en la medida en que está inscrita en la historia de los hombres, contiene la otra cara de la moneda que la enrique y la completa: la imagen del infierno. Metáfora atroz que viene de la tradición de Homero, Virgilio y Dante, quienes en la literatura, fueron los primeros en descender al reino del Hades, mucho antes de que la cultura judeo-cristiana convirtiera el paraíso en un mito.
En el país, debido a nuestro estado de violencia incesante —llevamos más de 60 años de guerra ininterrumpida— ha surgido una “literatura de la violencia”. Desde la década del 60, académicos, historiadores, sociólogos y escritores han dedicado todas sus energías a comprender e interpretar este fenómeno que ha enlutado a varias generaciones del país. La llamada “literatura de la violencia” ha sido tan prolífica en el país como los cientos de miles de muertos que ella ha vomitado durante los últimos cincuenta años. En este sentido, han surgido “violentólogos”,“pazólogos”, “especialistas del conflicto” del “posconflicto”; y últimamente, en el vasto campo de las letras colombianas, ha descollado la llamada “literatura sicariesca[9]”.
Dentro de este gran bosque literario que cubre la “literatura de la violencia” hay que afirmar, que El jardín de las Weismann es una de las mejores novelas cortas del género no sólo por la temática que aborda, si no, por la forma cómo trata la historia. Ya lo anunció Julio Cortázar, cuando dijo: En arte y literatura no importan los temas; lo importante es la forma cómo están escritos. Y el arte y la literatura es, ante todo, formas, eidos, poiesis.
A diferencia de la literatura negra, que hoy se escribe en clave hiperrealista —quizás para intentar ser verosímil y convencer al lector—, El jardín de las Weismann está escrito en un lenguaje poético, que es el lenguaje del arte y la literatura.

Bibliografía

BERNAHRD, Thomas. El sobrino de Wittgenstein. Barcelona, Anagrama, 1988
BLOOM, Harold. Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares. Bogotá, Editorial Norma, 2002
CARRASQUILLA, Tomás. Obras completas. Medellín, Editorial Bedout, 1958.
GARCIA MARQUEZ, GABRIEL. El coronel no tiene quien le escriba. Bogotá, Editorial Norma. 1988.
DIAZ GRANADOS, José Luis. Las puertas del infierno. Ibagué, Pijao Editores y Caza de libros, 2008
MARTINEZ, Fabio. El viajero y la memoria. Un ensayo sobre la literatura de viaje en Colombia. Cali, Programa Editorial de Univalle, 2005
PARDO, Jorge Eliécer. El jardín de las Weismann. Colección 50 novelas colombianas y una pintada. Ibagué, Pijao Editores y Caza de libros, 2008
VALLEJO, Fernando. La virgen de los sicarios. Bogotá, Editorial Alfaguara, 2001


Fabio Martínez, nació en Cali, Colombia en 1955. Cursó una Licenciatura en Literatura e Idiomas en la Universidad Santiago de Cali, una Maestría en Estudios Iberoamericanos en la Universidad de la Sorbona, París IIII, y un doctorado en Semiología en la Universidad de Quebec en Montreal.

Ha publicado los siguientes libros: Un habitante del séptimo cielo; Fantasio; El viajero y la memoria; Pablo Baal y los hombres invisibles; Club social Monterrey; Cuentos sin cuenta: Antología de relatos de escritores colombianos de la generación del 50; La búsqueda del paraíso: Biografía de Jorge Isaacs; Del amor inconcluso.
Colección Los Conjurados, 2006) obtuvo el Primer Premio Jorge Isaacs, 1999.





* Nota aparecida en la revista Poligramas 31, Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Cali, junio de 2009, págs. 249-254.
[1] Durero fue un pintor y grabador alemán del período renacentista (1471-1528). Se preocupó por la perspectiva y el cuerpo humano. Botticelli  fue un pintor italiano (1445-1510) especialista en pintar vírgenes inspiradas en el arte religioso de la Edad media. Una de sus obras que pasó a la posteridad, fue “El nacimiento de Venus”.
[2] Su nombre fue Hyeronimus Bosch (1450-1516). Artista flamenco que iluminado en temas religiosos y populares creó una obra con una gran riqueza imaginativa.
[3] Ver su libro: Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares. Bogotá, Editorial Norma, 2002.
[4] Idem.
[5] La novela corta se inicia con los relatos breves medievales compilados en El Decamerón de Boccaccio (1348-1353) y continúan con las Novelas ejemplares de Cervantes (1613).
[6] Ver artículo: “Si la novela es corta y es buenas” de Glenda Vergara 10-02-2008 aparecido en www.leergratis.com
[7] Ver: La metamorfosis, El extranjero, Pedro Páramo, El túnel y El sobrino de Wittgeinstein.
[8] Ver: Los infiernos del jerarca Brown, Noche de pájaros, El legado de Corín Tellado, Lolita Golondrinas, Victoria en España, El último diario de Tony Flowrs y El jardín de las Weismann. Novelas cortas de los autores colombianos antes mencionados que fueron publicadas en la Colección “50 novelas colombianas y una pintada” por Pijao Editores y Caza de libros, Ibagué, 2008

[9] La literatura sicariesca nace como el resultado del climax de inestabilidad social que ha vivido el país, producto del fenómeno del narcotráfico. Es una literatura negra que reivindica al bandido como el héroe dominante de la tragedia. Mencionemos algunas obras: Rosario Tijeras de Jorge Franco, Satanás de Mario Mendoza y La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo. 

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